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El fundamento estético de la perspectiva relacional: Georg Simmel como pensador crítico

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La pregunta por las condiciones de surgimiento de un conocimiento social entendido en términos relacionales ubica a Georg Simmel en el centro de la interrogación. Fue él quien expresó la necesidad de que la sociología se aproximara a esos pequeños hilos que constantemente están construyendo el tejido de interdependencia recíproca que caracteriza a las sociedades modernas dominadas por el intercambio monetario extendido. Sin embargo, esa raigambre histórica del carácter relacional de su pensamiento no implica que la perspectiva simmeliana pueda reducirse a una mera copia embellecida del intercambio económico. Simmel ensayó un particular modo de la crítica, que no se sitúa en el tribunal de acusaciones, pero tampoco se diluye en una contemplación afectada sensiblemente que reproduce imágenes, que copia la realidad social.

Pero salvar a Simmel del esteticismo no implica dejar de lado su preocupación estética, sino reubicarla, encontrando un nuevo modo de pensar la relación con su sociología. Mediante otra lectura del origen estético de la perspectiva cognoscitiva simmeliana, es posible recomponer el carácter crítico de los conceptos del sociólogo berlinés que corre el riesgo de perderse cuando se los lee como trazos de un pincel modernista, tal como propone la clásica interpretación de David Frisby. La diferencia entre esta propuesta de lectura y la de Frisby es sutil, pero central a la hora de pensar la actualidad de un pensamiento como el simmeliano, en un presente en el que la conectividad reticular mediática y la estetización por medio del consumo se han convertido en las nuevas modalidades de reproducción cultural del sistema económico capitalista.

Sin duda, se trata de un pensamiento que trabaja con imágenes, pero ellas cargan siempre con una tensión, que es también una herencia artística. Es esa tensión lo que permite distinguirlas de un pensamiento estetizado y también de una mera proyección metafísica (que es el modo en el que Theodor Adorno había leído el formalismo esteticista de Simmel). En todos sus trabajos sobre obras pictóricas o escultóricas aparece un análisis de ellas como imágenes que muestran sus capacidades especiales para reunir lo que en el mundo moderno se encuentra separado, sin disolver los dualismos.

Ya en el ensayo de 1895 sobre los paisajes de Böcklin aparece un modo de la unidad que se compone por medio del entretejimiento de los opuestos. El temple anímico de estos paisajes estaría dado por su capacidad de anudar al espíritu y a la naturaleza y enfrentarlos simultáneamente. En el ensayo posterior sobre Miguel Ángel también destaca la capacidad de intuir la unidad en cada una de sus figuras humanas, como exacerbación de la individualidad hasta la forma de la humanidad más general. Sus esculturas se componen en la tensión entre la fuerza física de la gravedad que impulsa los cuerpos hacia abajo y la fuerza espiritual que tiende hacia arriba. Por eso, Simmel sostiene que la lucha es la forma de la unidad en esas esculturas.

Aquello que la visión cotidiana percibe de manera fragmentaria es lo que la imagen artística puede reunir unitariamente, en el caso de artistas como Rembrandt o Rodin bajo el modo de la duración vital o el movimiento. Heredero de la tradición romántica, por medio de Goethe, Simmel sostiene que el arte realiza la promesa de totalidad en el mundo de la fragmentación.

Ahora bien, no es un saber extático sobre lo absoluto lo que el arte habilita, sino un saber sobre la inmanencia, la vida como absoluto. El arte asume, entonces, ese carácter: unidad que no resta nada al antagonismo, sino que se realiza en él. En los rostros humanos de Rembrandt, en las esculturas de Rodin y Miguel Ángel, y en los paisajes de Böcklin la unidad se realiza, pero no como unidad presintética, idéntica a sí misma, sino como movimiento oscilatorio o, incluso, en el período previo a la orientación hacia el vitalismo, como tensión entre opuestos.

El valor de estas imágenes artísticas es que logran aquello que la percepción cotidiana no puede realizar: componer una unidad con lo que la modernidad no deja de separar trágicamente. Esa capacidad del arte de reunir lo que la visión cotidiana separa es lo que las imágenes cognoscitivas heredan de las imágenes artísticas. Por lo tanto, el carácter crítico de la sociología simmeliana, que pretende intervenir sobre la amenazante velocidad de los intercambios visuales urbanos y la tragedia de la cultura moderna que está detrás de ella, tendría un origen estético. La capacidad de contener los dualismos y tensiones de las imágenes sociológicas simmelianas es una herencia de aquella capacidad de las imágenes artísticas. Esa capacidad es, al fin y al cabo, una modalidad productiva de visión que configura unidades en tensión y no copia ni reproduce los fragmentos históricos con los que se encuentra.

En el ámbito del conocimiento y en el ámbito del arte, la mirada ejerce su capacidad doble, pasiva y activa, de recibir fragmentos y configurar una unidad. Esa capacidad se adormece en la experiencia del individuo en las grandes urbes que establece una relación muy diferente con las imágenes. En la vida urbana la mirada es pasiva, solo recibe el fluir indetenible de imágenes fragmentarias de los otros individuos y de la cultura objetiva.

Por lo tanto, una sociología relacional con raíz estética, como la simmeliana, conserva su potencia crítica en tanto compone imágenes que ponen en relación aquello que la sociedad no deja de separar. Esa perspectiva relacional permite, por ejemplo, pensar al individualismo exacerbado y la interconectividad, que caracterizan a las sociedades contemporáneas, como fenómenos enlazados. Una sociología relacional no implicaría la mera representación de las múltiples relaciones en las que nos vemos inmersos. Se trata, más bien, de la composición de una imagen que vuelva visible, o bien la relación entre tendencias antagónicas, o bien el carácter tensionado de las relaciones que se producen «como si» se tratara de una unidad presintética. Insistir en esa tensión entre individuo y sociedad que late incluso en la interconectividad de las sociedades contemporáneas constituye el horizonte crítico de una perspectiva relacional.

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